Encuentro entre tus brazos, escondido,
la fuerza que perdí perdiendo el mundo;
escucho de tu boca –y no es sonido-
palabras que dan norte al vagabundo:
son órdenes secretas y sin ruido,
son voces de luz blanca en que me hundo
para salir a flote y ser herido
por su mismo esplendor, raro y fecundo.
No supe que eras tu –si es que lo has sido-
la sombra presurosa que reclama
venir de nuevo aquí, donde hay olvido.
Donde hay olvido vengo, estoy, y pido
tan solo que me arrastre a ti la llama.
Es clara y está quieta; ardo en el nido.




